Potencialidades de la vinculación entre la agroindustria rural y el turismo

El Programa Cooperativo de Desarrollo de la Agroindustria Rural para América Latina y el Caribe (PRODAR/IICA), definió a la agroindustria rural (AIR) como la actividad que permite aumentar y retener en las zonas rurales el valor agregado de la producción de las economías campesinas, a través de la ejecución de tareas de poscosecha en productos procedentes de explotaciones silvoagropecuarias, pesqueras y acuícolas. Dichas tareas incluyen procesos como la selección, el lavado, la clasificación, el almacenamiento, la conservación, la transformación, el empaque, el transporte y la comercialización (Riveros, 1999). Ese valor agregado se genera en emprendimientos rurales vinculados a productores campesinos o pequeños inversionistas que emplean materias primas locales, y que abarcan desde empresas individuales y familiares hasta micro, pequeñas y medianas empresas, dependiendo de su nivel de organización y de los mercados a los que logren acceder. La AIR, es por tanto, una realidad económica y social en la región: se estimó en 1990, que existen más de cinco millones de AIR en América Latina, vinculadas al menos a quince millones de habitantes de zonas rurales. Estas han contribuido a generar empleos, elevar ingresos, mejorar la seguridad alimentaria local y construir capital social mediante el fortalecimiento de estructuras comunitarias.

En este contexto, los productos de agroturismo basados en visitas a establecimientos agroindustriales presentan un gran potencial, considerando la diversidad de unidades productivas localizadas en el ámbito rural latinoamericano. Numerosas agroindustrias, por su antigüedad, el tipo de productos que elaboran, la naturaleza de la propiedad, el uso de técnicas tradicionales y la ubicación en entornos de gran belleza paisajística, resultan de gran interés para los visitantes. No obstante, hasta el momento, el agroturismo se ha asociado más con actividades agrícolas de carácter local que con recorridos a unidades de procesamiento, dejando un amplio espacio para la creación y recreación de nuevas experiencias turísticas. Budowski (2001) señala ejemplos de excursiones que han sabido aprovechar esta oportunidad en diferentes partes del mundo, como las visitas a las milenarias terrazas de arroz en Banaue, Filipinas, o la presentación teatral en Costa Rica sobre el cultivo del café bajo sombra, impulsada por una empresa cafetalera que atrae cada vez más público.

Existen, además, modalidades de agroturismo que se combinan con el ecoturismo y que incorporan prácticas productivas de gran atractivo, como el uso de cercas vivas, las plantaciones y el empaque de banano, el cultivo y la cosecha de nuez de macadamia o la producción de plantas ornamentales para exportación. Sin embargo, uno de los principales obstáculos para potenciar estas experiencias es la falta de personal capacitado para interpretar de manera atractiva y con suficiente base científica y técnica aquellas prácticas que más llaman la atención a los turistas. Otros autores han sugerido vincular el agroturismo con procesos educativos, como ocurre en Israel, donde los kibbutzim ofrecen a estudiantes —principalmente escolares— la posibilidad de conocer la agricultura ancestral, el funcionamiento de antiguos equipos mecánicos, la crianza de animales de granja, la extracción del aceite de oliva virgen y otras actividades de alto valor didáctico (De la Puerta, 1999).

La vinculación entre la agroindustria rural y el turismo representa, en consecuencia, una oportunidad para diversificar los ingresos de los productores, ampliar la oferta de experiencias auténticas en los territorios rurales y fortalecer la identidad cultural a través de la puesta en valor de prácticas tradicionales y de conocimientos locales que, al ser compartidos con los visitantes, encuentran un nuevo camino para sostenerse y proyectarse hacia el futuro. – MBlanco, 2003